PENSAR A LA COMUNICACIÓN COMO UN DERECHO.

INTRODUCCION

El siglo XXI es sin lugar a dudas, la era de la información. No podemos negar que las nuevas tecnologías han cambiado el universo de las relaciones humanas: las redes sociales, los buscadores de internet, los blogs, las publicaciones digitales, los correos electrónicos, han marcado un nuevo modo de relación de los seres humanos.

La inmediatez y simultaneidad caracteriza la comunicación moderna. La información es poder y la nueva era digital permite la participación de los ciudadanos de modos que en otros momentos hubiera sido impensada. No solo la permite, de hecho la fomenta. Todos comentamos, todos opinamos, todos nos sentimos libres de expresar aquello que creemos.

Antes de la era internauta, la libre expresión de las ideas, la participación activa del ciudadano era prácticamente limitada, algo puramente reservado a los profesionales, a los periodistas, puesto que el ciudadano común no tenía fácil acceso a los medios, sin embargo en la actualidad con un simple click, podemos opinar, debatir, criticar, expresar aquello que pensamos, con total independencia y con muy fácil accesibilidad. Esa es la magia de internet.

Internet ha facilitado la comunicación, ha posibilitado la expresión del pensamiento y la opinión, permite informar e informarse accediendo a diversas fuentes de información, ello ha ocasionado de modo inevitable que una nueva rama del derecho surja, veloz y vertiginosamente como esta nueva realidad, totalmente virgen y confusa que hasta el momento no tiene un código, ni siquiera una ley uniforme y completa, sólo algunas leyes que o se aplican por analogía o que son producto de las necesidades que van surgiendo y no resultan ni eficaces ni eficientes.

La comunicación ha evolucionado desde el agora en las que los antiguos griegos se reunían para debatir y dialogar hasta facebook, instagram y todas las redes sociales que existen y existirán, razón por la cual resulta necesario un cuerpo normativo, homogéneo y completo que contemple a los sujetos involucrados y las relaciones jurídicas que emergen en torno a esta nueva realidad virtual.

CAPITULO I

•DEL AGORA A FACEBOOK-

Expresarse es inherente a la naturaleza humana, históricamente ya encontramos las primeras manifestaciones de la expresión humana en aquellas bellas figuras grabadas en la piedra de las Cuevas de Altamira, en el norte de España. A lo largo de la historia humana podemos hallar las huellas del orante, del predicador, del poeta, del cantante y del músico, del pintor y del escultor, del filósofo y del teólogo atisbos de la cultura humana, y testimonio del paso del hombre sobre la tierra.

Sin embargo, no fue más que hasta el surgimiento de la civilización griega que encontramos las primeras manifestaciones conscientes del derecho a opinar y a expresarse libremente. Los griegos fueron una civilización con una gran conciencia jurídica. Para ellos el concepto de estado libre recaía en el respeto reverencial a la ley y no al gobernante.

En Atenas, tras la tiranía de los hijos de Pisistrato, Clístenes  estableció en la segunda mitad del s. VI las bases de la democracia ateniense alcanzadas bajo el gobierno de Pericles. La democracia ateniense se asentaba sobre los principios de eleuthería: ”la libertad”; isegoria: “la igualdad de palabra” o libertad de expresión; isonomia: “la igualdad ante la ley”. La justicia era una virtud, un valor fundamental. Isegoría” procede de ισος (isos = todos) y αγορα (agora=asamblea) y significa un sistema en el que todos hacen uso de la palabra de igual a igual. Se refiere a la posibilidad de los ciudadanos de poder participar en condiciones públicas iguales en el proceso deliberativo-decisorio. Los primeros medios masivos de comunicación, eran las plazas y los teatros.

Encontramos, así, en la antigua Grecia las primeras manifestaciones de la libertad de expresión: la parresia o como lo entendían los antiguos griegos la libertad de hablar, pero esta libertad de hablar exigía hacerlo con franqueza. Los griegos podían hablar libremente, pero debían hacerlo con franqueza, sin recurrir a la persuasión. Sin falsear los datos o como la estudió Michel Foucault, la práctica de decir la verdad “sin esconderla con nada”, bajo el riesgo del rechazo o la ira del interlocutor. Esta libertad encontraba su límite en la asebeia, o impiedad, delito que se castigaba con la muerte o el destierro y que implicaba temas de religión, precisamente prohibía la crítica a los dioses.

Foucault analizó el tema de la parreshia: “… Llegué a la noción y la práctica de la parrhesía a partir de la cuestión, tradicional en la filosofía occidental, de las relaciones entre sujeto y verdad. … El tratado de Plutarco sobre la adulación, “Cómo distinguir un adulador de un amigo”, es un análisis de la parrhesía o, mejor dicho, de esas dos prácticas opuestas que son la adulación y la parrhesía. … en su origen, la parrhesía es fundamentalmente una noción política. Con la noción de parrhesía, arraigada originariamente en la práctica política y la problematización de la democracia, y derivada hacia la esfera de la ética personal y la constitución del sujeto moral, puede verse el entrelazamiento del análisis de los modos del decir veraz… La parrhesía, etimológicamente, es la actividad consistente en decirlo todo: pan rhema. El parrhesiastés es el que dice todo. Así, en el discurso “Sobre la embajada fraudulenta”, Demóstenes advierte que es necesario hablar con parrhesía, sin retroceder ante nada, sin ocultar nada. … En el libro VIII de la República encontrarán la descripción de la mala ciudad democrática, una ciudad heterogénea, dislocada, dispersa entre intereses diferentes, pasiones diferentes, individuos que no se entienden. Esta mala ciudad democrática practica la parrhesía: todo el mundo puede decir cualquier cosa. En su valor positivo, la palabra parrhesía consiste en decir la verdad sin disimulación ni reserva ni cláusula de estilo ni ornamento retórico que pueda cifrarla o enmascararla. El “decirlo todo” es: decir la verdad sin ocultar ninguno de sus aspectos, sin esconderla con nada. (* Extractado de El coraje de la verdad (Curso en el Collège de France, 1983-84), de reciente aparición (Ed. Fondo de Cultura Económica).)

Sócrates, filósofo ateniense y maestro de Platón, pensaba que “sería más fácil eliminar al sol del universo que privar a la sociedad de la libertad de expresión”, bien podría decirse que defendió sus ideales hasta la muerte. Fue juzgado y declarado culpable, murió a los 70 años de edad envenenado con cicuta, por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud. Se constituyó en una figura central como defensor de la parresia, un verdadero pilar en cuanto al derecho a opinar y expresarse libremente se refiere, teórico del diálogo ante la tesitura de expresar lo que piensa o de callar. Su conocido método socrático basado en la ironía y la mayéutica nos explica un poco su famosa frase: “Solo sé que no sé nada”

El afianzamiento del cristianismo, con las ideas de poder divino sumado al absolutismo monárquico, provoca prácticamente la desaparición de la libertad de expresión y pensamiento hasta finales de la Edad Media.

Si bien es cierto que el hombre ha tenido desde el comienzo de los tiempos una tendencia natural a expresar sus pensamientos de una u otra forma, y que en la civilización griega vemos las primeras manifestaciones de este derecho, lo cierto es que el derecho a la libertad de expresión y pensamiento nace en la modernidad.

En efecto, muchos siglos debieron pasar para llegar hasta el cogito ergo sum. La libertad de pensamiento será uno de los principales valores de la modernidad.

Descartes introduce la primera evidencia irrefutable, a través del concepto de la DUDA, de este derecho humano natural del hombre que es la libertad de pensamiento, del cual se derivan la libertad de expresión, opinión, información y derecho a la comunicación.

De la duda surgirá el primer axioma que servirá de fundamento a nuestro derecho: el dudar nos permite con toda claridad y certeza, tomar conciencia de un hecho revelador, estamos pensando, y si pensamos, existimos.

“¿Qué soy, entonces? Una cosa que piensa, Y ¿qué es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que siente Sin duda no es poco, si todo eso pertenece a mi naturaleza. ¿Y por qué no habría de pertenecerle? ¿Acaso no soy yo el mismo que duda casi de todo, que entiende, sin embargo, ciertas cosas, que afirma ser ésas solas las verdaderas, que niega todas las demás, que quiere conocer otras, que no quiere ser engañado, que imagina muchas cosas – aun contra su voluntad- y que siente también otras muchas, por mediación de los órganos de su cuerpo? ¿Hay algo de esto que no sea tan verdadero como es cierto que soy, que existo, aun en el caso de que estuviera siempre dormido, y de que quien me ha dado el ser empleara todas sus fuerzas en burlarme? ¿Hay alguno de esos atributos que pueda distinguirse de mi pensamiento, o que pueda estimarse separado de mí mismo?” (Descartes. Meditaciones metafísicas, Meditación segunda)

 Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario: tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos, ¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo, titubeo, pues ¿qué se sigue de eso? ¿Soy tan dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser? Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: yo soy, yo existo, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu.” (Descartes. Meditaciones metafísicas, Meditación segunda)

“Pasemos, pues, a los atributos del alma, y veamos si hay alguno que esté en mí. Los primeros son nutrirme y andar; pero, si es cierto que no tengo cuerpo, es cierto entonces también que no puedo andar ni nutrirme. Un tercero es sentir: pero no puede uno sentir sin cuerpo, aparte de que yo he creído sentir en sueños muchas cosas y, al despertar, me he dado cuenta de que no las había sentido realmente. Un cuarto es pensar: y aquí sí hallo que el pensamiento es un atributo que me pertenece, siendo el único que no puede separarse de mi. Yo soy, yo existo; eso es cierto, pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que estoy pensando: pues quizá ocurriese que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de existir. No admito ahora nada que no sea necesariamente verdadero: así, pues, hablando con precisión, no soy más que una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón, términos cuyo significado me era antes desconocido.” (Descartes. Meditaciones metafísicas, Meditación segunda)

La libertad de pensamiento es concebida por Descartes como “evidente por sí misma”, en la medida en que todo hombre puede ser consciente de ella; como el derecho a seguir los dictados de la propia razón: “mientras quería pensar que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese algo» [Discours VI: 32).

El pensamiento anula la duda cuando el ser humano toma conciencia que al dudar está pensando.

Entre los pensadores del siglo …. Baruch Spinoza (1632-1677) se destaca por su defensa de la libertad de expresión y pensamiento. Este filósofo nacido en Amsterdam, judío de nacimiento pero posteriormente excomulgado de su religión, escribe el Tratado teológico político en el cual defiende la libertad de pensamiento y expresión y propugna la separación del la Iglesia y el Estado.

Su compromiso con la libertad de pensamiento fue de tal magnitud que lo obligó a rechazar un cargo como profesor en la Universidad de Heidelberg porque a cambio se le solicitaba no perturbar la religión establecida. Pensaba que la religión no puede estar por encima del poder político, porque éste es el poder supremo: “En lo que concierne a la religión, no se podrá edificar ni siquiera un templo a expensas de las ciudades. No se fijará derecho alguno acerca de las opiniones, a menos que sean sediciosas y destruyan los fundamentos de la sociedad” (TP, Cap. VI, 40).

Sostenía que “hay que dejar a todo el mundo la libertad de opinión y la potestad de interpretar los fundamentos de la fe según su juicio, y que sólo por las obras se debe juzgar si la fe de cada uno es sincera o impía”. A la razón le corresponde el “reino de la verdad y la sabiduría” y a la teología, “el reino de la piedad y la obediencia”.

Para mantener el Estado y para que los individuos obedezcan sus leyes es necesario que el Estado conceda a los individuos total libertad de pensamiento y expresión. La libertad de expresión es la natural consecuencia de la libertad de pensamiento, y puesto que ésta no puede ser acallada, la primera debe estar ampliamente garantizada. Pues ésta es la única forma en que puede perdurar el cuerpo político que los individuos se han dado a sí mismos a través de un pacto para salir del “estado primitivo”. Mediante ese pacto, y para su seguridad, los individuos renuncian al derecho de ejercer la violencia y tomarse la justicia por su mano, pero   no   al   derecho   de   pensar. Es claro que parte de la misma concepción del Hobbes sobre el Pacto Social, solo que con atisbos de mayor tolerancia que este último. El filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) propuso por primera vez que el origen del Estado fuera un pacto entre todos los ciudadanos, negando así el origen divino del poder. Para Hobbes la libertad era considerada el origen del caos, en cambio Spinoza sostiene que: “si los hombres pudieran ser privados de su derecho natural, de suerte que, en lo sucesivo, no pudieran nada sin el consentimiento de quienes detentan el derecho supremo, éstos podrían reinar impunemente sobre los súbditos de la forma más violenta, cosa que no creo le pase a nadie por la mente. Hay que conceder, pues, que cada uno se reserve muchas parcelas de su derecho, las cuales dependerán, por tanto, de su propia decisión y no de la ajena” (TTP, p. 351).

Será un Estado sumamente violento aquel que intente obligar a sus súbditos a vivir en el ocultamiento y el fingimiento y que no permita a los hombres libres y honrados expresar pacíficamente su desacuerdo con las normas vigentes. De hecho, en la práctica no podrán establecerse leyes contra la libertad “sin gran peligro para todo el Estado” (TTP, 409), porque ello provocará, naturalmente, la resistencia y la rebelión por parte de los ciudadanos. La consecuencia de que la libertad quedase suprimida sería que “los hombres pensaran a diario algo distinto de lo que dicen y que, por tanto, la fidelidad, imprescindible en el Estado, quedara desvirtuada y que se fomentara la detestable adulación y la perfidia” (TTP, 415). Por tanto, la libertad “no sólo puede ser concedida sin perjuicio para la paz del Estado, la piedad y el derecho de las supremas potestades, sino que debe ser concedida para que todo esta sea conservado” (TTP, p. 419).

Ahora bien, la libertad de expresión ha de ser siempre permitida con tal de que las personas se comprometan a comportarse respetando unos límites: la justicia y la caridad hacia el prójimo. Así pues, si bien el derecho al disenso es algo consustancial a una sociedad libre, la libertad de disentir no significa en ningún caso el derecho de cada uno a obrar como le de la gana. A la hora de actuar, los individuos han de tener en cuenta la consideración del bien común.

“De los fundamentos del Estado (…) se sigue, con toda evidencia, que su fin último no es dominar a los hombres ni sujetarlos por el miedo y someterlos a otro, sino, por el contrario, librarlos a todos del miedo para que vivan, en cuanto sea posible, con seguridad; esto es, para que conserven al máximo este derecho suyo natural de existir y de obrar sin daño suyo ni ajeno” (TTP, p. 410-411)

No obstante, a menudo los Estados se extralimitan en sus funciones y recurren a la utilización del miedo y de la esperanza para mantener a los ciudadanos sujetos a su autoridad de una manera mucho más eficaz, pues quien gobierna a otro a través de esas pasiones “ha hecho suyos tanto su alma como su cuerpo, aunque sólo mientras persista el miedo o la esperanza” (TP, Cap. II, 10).

Imanuel Kant, se nos presenta como el padre del republicanismo moderno, fundador del derecho moderno como ciencia y asentó los principios de la idea del estado de derecho. Para el filósofo alemán, son fundamentales los derechos del hombre y es por preservar el respeto de tales derechos que propone a la República como el sistema de gobierno más eficaz para la defensa de los mismos. Basa su idea de republicanismo en tres principios: la división de poderes (ius civitatis); el imperio de la ley (ius gentium) y Ius cosmopolita, una federación de Estado libres, con derechos universales, en donde todos sean ciudadanos del mundo, sean libres de estar en cualquier lugar del mundo en cualquier momento y que todos sean titulares del ius migrandi, un derecho de libertad cosmopolita que hace que todos los derechos sean de la universalidad (http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-91932012000200005)

Para el filósofo alemán la libertad es: “Una facultad de subordinar todas las acciones arbitrarias a las motivaciones de la razón. Si podemos llamar libres a los actos humanos, no es porque ellos no estén sometidos a una legalidad estricta, sino porque no están determinados por causas externas (como serían, por ejemplo, los estímulos sensoriales), rigiéndose, en cambio, por una ley rigurosa de origen interno emanada de la razón misma” (Kant, en Barceló, 1989: 7)

Postula así, la libertad de expresión, fundamental para el desarrollo de la República, desde una doble dimensión, por un lado, la libertad de pensamiento propiamente dicha, como el uso privado de la razón, y la libertad de expresión como la libertad de hacer uso público de la razón íntegramente.

Kant defendió el derecho de hacer uso público de la razón, con la única restricción de que su uso arbitrario o abusivo no alterara el desarrollo del racionalismo que propugnaba la Ilustración. En cambio el límite de la libertad de pensamiento era puramente moral y reservado a la esfera privada del individuo. El libre pensamiento es inalienable, porque disponer de él significaría anular al “yo” autónomo y violar la ley interna.

Sin embargo, no fue con el surgimiento de unos de los inventos mas significativos de la historia, la IMPRENTA, cuando se da el nacimiento del derecho cuyo estudio nos ocupa: la libertad de expresión, que incluye la libertad de prensa, la libertad de información y perfila el derecho humano que estudiamos: el derecho a la comunicación.

Sin perjuicio de retomar el tema mas adelante cuando analicemos las nuevas tecnologías de la información, urge señalar que Herbert Marshall McLuhan en su obra Comprender los medios de comunicación afirmaba que las nuevas tecnologías son prolongaciones de los sentidos del hombre y que la intrusión de cada nueva tecnología en la sociedad había cambiado la manera de ver el mundo, así sucedió con la imprenta, y así sucede ahora con las nuevas tecnologías de la información.

McLuhan describe tres eras de la humanidad:

LA ERA PRE ALFABETICA O TRIBAL: La palabra es la que reina. La memoria humana es la única que permite almacenar la información. La oralidad predomina y por lo tanto cobra suma importancia aquello que se percibe a través de los sentidos. En tanto pudieran hablar no se concebía el analfabetismo.

LA ERA DE GUTENBERG: “La escritura es la visualización del espacio acústico. Iluminó la oscuridad” nos dice McLuhan. Esta era comienza con el alfabeto fonético y se extiende hasta la aparición de la imprenta. La tipografía no solo es una tecnología, sino también un recurso natural o materia prima, como el algodón, los bosques o el radio; y, como cualquier producto, configura no solamente relaciones de sentido propio, sino también modelos de interdependencia comunal”. (Marshall, p. 96)

Si en la era tribal predomina lo emotivo en la era Gutenberg todo será más racional. En efecto, para McLuhan el alfabeto fonético y con la imprenta el libro, permitirá al hombre ver al mundo como un proceso, con la posibilidad de discernir sobre aquello que se nos evidencia gracias a la escritura y la imprenta.

Mas con la imprenta fue avanzando la censura, y frente a ello fueron emergiendo los grandes pensadores que enarbolaron la bandera de la libertad en defensa del derecho a expresarse libremente.

John Milton fue uno de los primeros en alzarse contra el sistema de censura impuesto sobre todo por la Iglesia a través de la Inquisición. En su discurso Areopagítica abre el debate sobre la libertad de expresión como un libertad fundamental del ser humano, de la cual nadie debe ser privado.

Ya el título de su discurso resulta ser significativo en tanto que Areopago era la colina donde los jueces griegos juzgaban las ideas y los hombres y donde Protágoras y sus escritos condenados a la hoguera.

“Dadme la libertad de saber, de hablar y de argüir libremente según mi conciencia, por encima de todas las libertades”. Milton ubicaba la libertad de expresión como la cúspide y garante de todas las libertades y derechos.

EN 1.643 el Parlamento inglés había suprimido la libertad de imprenta y fue contra esa censura que Milton escribe su manifiesto sistemático en defensa de la libertad de expresión y contra la censura llamado Areopagística. Sostiene que, querer someter todo libro, antes de su edición a una comisión de censura hace pensar en los métodos de la curia papal y de la Inquisición, luego del concilio de Trento.

Milton afirmaba que el intelecto humano se acostumbrará a discernir el bien del mal, a asimilar y hacer suyo el primero y rechazar el segundo, reforzando su propia virtud.

*Memoria de la Comunicación /Hector Schmucler/ Editorial Biblos /

Mas, es en la filosofía liberal inglesa y estadounidense del siglo XVIII donde las ideas de libertad irrumpen con toda su fuerza y alcanzan su apogeo. Pensadores como Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill se constituyen como verdaderos abanderados de las ideas de libertad del pensamiento moderno.

Alexis de Tocqueville, politólogo francés, obsesionado estudioso de la democracia de los Estados Unidos, escribió en su obra la Democracia en América que: “La soberanía del pueblo y la libertad de prensa son dos cosas totalmente correlativas. La libertad de prensa influye poderosamente en la opinión política y en general sobre todas las opiniones de los hombres. Modifica las leyes y las costumbres. En tal libertad los hombres se apegan a sus opiniones, ya sea por orgullo o por convicción.” (capítulo 3).

En el pensamiento de Tocqueville, la libertad de prensa es, la única garantía que queda al ciudadano una vez electos sus gobernantes, de libertad y seguridad frente a los desvíos del poder. La posibilidad de crítica sobre los actos de gobierno evita mayores males a pesar de los defectos que según el francés, esta (la libertad de prensa) posee. La opinión pública actúa como supervisor de los actos de gobierno, e intenta evitar las conductas indebidas o disvaliosas en que podrían caer los gobernantes en el ejercicio del poder.

El complejo camino que llevó del paso de las monarquías absolutas al surgimiento del estado de derecho y con ello el reconocimiento de las libertades ciudadanas y que culminará como veremos en el nacimiento de los derechos sociales, constituyen el nacimiento de las nuevas ideas del siglo s XVIII y XIX caracterizadas por la necesidad de poner límites a la autoridad, a los actos de gobierno, verán en la libertad de expresión y en la prensa como el más eficaz modo de controlar los actos de gobierno y a los gobernantes a fin de evitar los abusos del poder y el desvío a conductas indebidas.

John Stuart Mill sienta el principio de libertad en tanto asegura que el individuo tiene libertad de acción sobre todo aquello que no afecte a los demás.

«Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y sobre su espíritu, el individuo es soberano» (Mill 1991: 49).

El tema principal de On Liberty es la importancia del individuo como ser dotado de autonomía, sienta “la doctrina de los derechos del individuo y la reclamación de que la naturaleza moral debe desarrollarse libremente por sí misma» (Mill 1986: 239-243; Berger 1984: 229-230).

Marta Bisbal Torres (La libertad de expresión en la filosofía de John Stuart Mill Por MARTA BISBAL TORRES Universitat de Lleida/ Dialnet) afirma que el ensayo On Liberty tiene como objetivo proporcionar una regla de conducta a la sociedad para proteger el interés vital a la autonomía de sus miembros. De esta lectura se desprende que las personas tienen un derecho a la individualidad. En esta obra Mill entiende que la libertad implica tanto la ausencia de obligaciones legales, como la ausencia de coerción del Estado ante el incumplimiento de las mismas. La autonomía es la que permite desarrollar las capacidades involucradas en las elecciones críticas e imaginativas. Las libertades clásicas que Mill enuncia en la introducción de On Liberty son indispensables para poder pensar y actuar de acuerdo con la propia voluntad. En la doctrina de Mill la libertad se convierte en un componente necesario para la felicidad. Estas libertades que dotan de contenido a la autonomía son (Mill 1991: 51): – libertad de pensamiento: «libertad de pensar y sentir la libertad absoluta de opiniones y sentimientos sobre toda cuestión práctica, especulativa, científica, moral o teológica»

– libertad de expresión: «libertad de expresar y publicar sus opiniones (…); como tiene casi tanta importancia como la misma libertad de pensar, y descansa en gran parte en idénticas razones, estas dos libertades son inseparables en la práctica»;

– libertad de gustos y de persecución de fines: «libertad de regular nuestra vida según nuestro carácter, de hacer nuestra voluntad, suceda lo que quiera, sin que nos lo impidan nuestros semejantes, mientras no les perjudiquemos, y aun cuando conceptúen nuestra conducta como tonta o censurable»;

– libertad de asociación: «libertad de reunirse para un objeto cualquiera que no perjudique a otro, siempre bajo el supuesto de que las personas asociadas son mayores de edad y no son forzadas ni engañadas». Mill destaca que es imprescindible que los gobiernos protejan estas libertades.

En 1791 la libertad de expresión se incorpora a la Constitución de Estados Unidos en la Declaración de Derechos de Virginia en su artículo 12 sentando el principio que “la libertad de prensa es uno de grandes baluartes de la libertad, y que jamás puede restringirla un gobierno despótico.”

Thomas Jefferson, se manifestó en la Declaración de Virginia de 1776, con estas palabras: “todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes, y tienen ciertos derechos que les son inherentes y de los que no pueden privarse ni desposeer a su posterioridad por ningún pacto, cuando entran en el estado de sociedad: el goce de la vida y de la libertad, con los medios de adquirir y poseer propiedades y de procurar y obtener la felicidad y la seguridad (artículo 10.)”.

En 1791, la Primera Enmienda a la Constitución Federal de los Estados Unidos, también conocida como Bill of Rights, contiene la primera formulación legislativa de la libertad de prensa en los siguientes términos: “el Congreso no aprobará ninguna ley que … coarte la libertad de expresión o de prensa…”

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 en Francia, recoge también el pensamiento liberal de la época respecto a estas libertades. En particular los artículos 10 y 11: “Nadie debe ser molestado por sus opiniones, incluso religiosas, siempre que su manifestación no altere el orden público establecido por la ley” (artículo 10). “La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; todo ciudadano puede, pues, hablar, escribir, imprimir libremente, a reserva de responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley” (artículo 11).
CONTINUARA…

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