Que comience el show!

Hay quienes piensan que tengo una mirada cínica de las redes sociales. No es así, me encantan las redes sociales, ellas me han llevado a conectarme con gente que nunca pensé que podría alcanzar. Me acercan y acompañan, sin embargo, mi crítica se refiere al uso por momentos banal e irresponsable que hacemos de ellas.

Me llega por whatsapp un mensaje que me dice que si no reenvio el mismo a todos mis contactos, poco menos el cuco me comerá. Veo en facebook y en el twitter carteles que acusan a Dios y a María Santísima de delitos que ellos mismos se asombrarían de enterarse que se los acusa. Todo vale en los entornos virtuales, y nadie se hace cargo de nada.

Un jubilado se quita la vida en una oficina de Anses y una catarata de tuits maliciosos e inmorales se suscitan, el uso político de un evento tan triste da escalofríos.

Entonces, me pongo a pensar sobre sobre el modo de abordar este texto. Si con ironía, con preocupación o con un poco de ambas.

Guy Debord reflexiona sobre la sociedad del espectáculo. Según este autor, el mundo se divide entre una minoría perversa que domina el mundo a través de la desinformación y los ingenuos que la aceptan.

José Luis Fernández se refiera a la sociedad mediatizada como aquella que se ve transformada por las presencia de los medios que se van instalando en su seno. Verón, la entiende como aquella en la que todo lo que los sujetos e instituciones realizan lo hacen con el fin de ser difundido por los medios. No resulta difícil concluir que los medios se han convertido en nuestros amos y señores. Nos manipulan o nosotros somos realmente libres de creer lo que reflejan. No, ya no reflejan, ya la sociedad mediática se ha convertido en mediatizada. Los medios nos representan la realidad. La construyen. Que poder maléfico se ha desatado. Hemos abierto la caja de pandora y los resultados quien sabe cuales serán.

La innovación tecnológica ha repercutido en nuestra forma de ver y de vivir el mundo. Nos ha transformado culturalmente. La llegada de las plataformas mediáticas ha originado que traslademos casi toda nuestra vida a ellas: trabajamos, socializamos desde esos microsistemas que nos conectan y nos fagocitan. Vivimos en un ecosistema formado por los medios sociales.

No cabe duda que vivimos en un mundo dominado por las redes sociales. Toda nuestra vida o gran parte de ella se expone, se comercializa, se automatiza, se entrega a las redes sociales. Permitimos que un conjunto de algoritmos diseñados por algún programador en alguna parte determine que populares somos en el mundo virtual gracias a unos cuantos likes. Alguna vez, sin darnos cuenta, pasamos del “Pienso, luego existo” al “Si me likean, existo”. Resignamos  nuestra personalidad para construir un “perfil”. Y creemos que eso, es una “identidad”.

La pregunta es ¿somos conscientes de las implicancias que ello tiene en nuestra vida? ¿en nosotros mismos?. Nuestras relaciones se han visto alteradas, no terminas una relación con un novio, marido o amante, simplemente lo eliminas o bloqueas del facebook, instagram, whatsapp, tuiter y tantas cosas que era más fácil firmar un papel de divorcio.

Me recuerda la escena de la película Simplemente no te quiere, en la que el personaje de Drew Barrymore, abrumado afirma. “Un tipo me dejó un mensaje de voz, lo llamé a su casa. Me mandó un correo a mi Blackberry y le mandé un mensaje a su celular. Me mandó un correo a mi casa y la cosa se salió de control. Extraño cuando tenías un teléfono y una máquina contestadora y esa máquina contestadora tenía una cinta y la cinta tenía un mensaje del tipo o no lo tenía. Y ahora necesitas ir a todos los portales para que te rechacen siete tecnologías distintas. Es agotador.”

Y si, es agotador. Dejamos de leer las noticias en un diario para abrir la mágica interfaz del teléfono o la tablet y allí está el pajarito diciéndonos “¡hola! vengo a informarte más rápido, con mayores contenidos, aquí podés ver todos los medios que quieras. El mundo entero te espera, aquí.” Suena seductor, y también peligroso. Voy a mi facebook y veo los famosos carteles que huelen a podrido a kilómetros de distancia pero alguien lo viralizó y lo comentó enojado creyendo o queriendo creer que eso, es verdad. Pero no lo es. Es obvio, que no lo es, y me pregunto, porqué igualmente lo publica, si se  nota es una mentira más grande que la nariz de Pinocho. Pero lo publica: ella y ella y el y el y todos ellos y de repente está en todos lados como una bola de nieve que no podés detener.

Como dicen los autores de La banalidad de un tuit, la verdad es sacrificada en múltiples etapas de una forma banal. “Aunque el diablo sea el padre de las mentiras parece que, como otros grandes inventores ha perdido mucho de su reputación por las continuas mejoras que se le han hecho”. También sostiene que: “…algunas veces he pensado que si un hombre poseyera el arte de una segunda visión para ver las mentiras (…) de qué manera admirable se divertiría en este pueblo al observar las diferentes formas, tamaños y colores de los enjambres de mentiras que zumban alrededor de las cabezas de algunas gentes” nos dice Jonathan Swift en El arte de la mentira política. O las sabias palabras de Mark Twain: “… no pretendo insinuar que la costumbre de mentir haya sufrido decadencia o interrupción algunas… no. Y es que la mentira, en tanto virtud y principio, es eterna; la mentira en tanto recreación, respiro y refugio en tiempos de necesidad, la Cuarta Gracia, la Décima Musa, la mejor y más segura amiga del hombre, es inmortal, y no desaparecerá de la faz de la tierra. Mi queja se refiere sólo a la decadencia del arte de mentir. Ningún hombre de principios, ninguna persona en sus cabales, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada de la época presente, sin dolerse de ver tan noble arte así prostituido”. (Sobre la decadencia del arte de mentir).

Todo ello sucede porque los usuarios reaccionan a las noticias en forma refleja y con un comportamiento emocional. En consecuencia, estados de ánimo como la indignación o la duda se propagan muy rápido. Las redes sociales son una red que actúa de forma nerviosa, que con poca provocación genera mucha reacción donde los usuarios buscan informaciones que confirmen sus expectativas.

Vivimos en los tiempos donde “la falsedad vuela y la verdad viene cojeando tras ella” (Jonathan Swift), en consecuencia, deberíamos replantear nuestro rol de palomas mensajeras.